ALBORADA - SAYRI ÑAN

7.01.2011

DE LOS TRIBUTOS DEL TAHUANTINSUYO




El tributo principal en el Tahuantinsuyo era sembrar las tierras, coger y beneficiar los frutos del Sol y del Inca. Un segundo tributo era hacer de vestir, calzar y armas para el gasto de la guerra y para la gente pobre, que eran los que no podían trabajar por vejez o por enfermedad. En repartir y dar este segundo tributo había la misma orden y concierto que en todas las demás cosas.

"Viniendo a los tributos que los Incas Reyes del Perú imponían y cobraban de sus vasallos, eran tan moderados que, si se consideran las cosas que eran y la cantidad de ellas, se podrá afirmar con verdad que ninguno de todos los Reyes antiguos, ni los grandes Césares que se llamaron Augustos y Píos, se pueden comparar con los Reyes Incas. Porque, cierto, bien mirado, parece que no recibían pechos ni tributos de sus vasallos, sino que ellos los pagaban a los vasallos o los imponían para el provecho de los mismos vasallos, según los gastaban en el beneficio de ellos mismos." (Garcilaso)

En las Cordilleras, la ropa, la hacían de la lana que el Inca les daba de sus ganados y del Sol, que era innumerable. En los llanos, en la costa de la mar, siendo la tierra caliente, hacían ropa de algodón de la cosecha de las tierras del Sol y del Inca, que los indios no ponían más de la obra de sus manos. Había tres suertes de ropa de lana: la más baja, que llaman auasca, era para la gente común. Otra hacían más fina que era cumbi (combi). De ésta vestía la gente noble como los capitanes, curacas y otros ministros, hacíanla de todos colores y labores con peine, como se hacen los paños de Flandes; era a dos haces. Otra ropa hacían finísima, del mismo nombre cumbi - ésta para los de la sangre real, así capitanes como soldados y ministros regios, en la guerra y en la paz.

"Hacían la ropa fina en las provincias donde los naturales tenían más habilidad y maña para hacerla, y la no fina en otras, donde no había tan buena disposición. La lana para toda esta ropa hilaban las mujeres, y tejían la ropa basta, que llaman auasca; la fina tejían los hombres, porque la tejen en pie, y la una y la otra labraban los vasallos y no los Incas, ni aun para su vestir; digo esto porque hay quien diga que hilaban los Incas."

Los calzados eran hechos en las provincias que tenían más abundancia de cáñamo, hechos de las pencas del árbol llamado maguey.

Las armas se hacían en las tierras que tenían abundancia de materiales para ellas: en unas, arcos y flechas, en otras lanzas y dardos, en otras porras y hachas, en otras eran hechas hondas y sogas de cargar, en otras paveses y rodelas. 

En suma, cada provincia y nación daba de lo que tenía de su cosecha. Nadie iba a buscar a tierra ajena lo que en la suya no había. Pagaban su tributo sin salir de sus casas, que era ley universal para todo el Imperio que ninguna persona saliese fuera de su tierra a buscar lo que hubiese de dar en tributo, "porque decían los Incas que no era justo pedir a los vasallos lo que no tenían de cosecha, y que era abrirles la puerta para que en achaque del tributo anduviesen vagando de tierra en tierra, hechos holgazanes."

Eran cuatro las cosas que de obligación daban al Inca, que eran: bastimentos de las propias tierras del Rey, ropa de lana de su ganado real, armas y calzado de lo que había en cada provincia. "Repartían estas cosas por gran orden y concierto: las provincias que en el repartimiento cargaban de ropa, por el buen aliño que en ellas había para hacerla, descargaban de las armas y del calzado, y, por el semejante, a las que daban más de una cosa, descargaban de otra; y en toda cosa de contribución había el mismo respecto, de manera que ni en común ni en particular nadie se diese por agraviado."

"Por esta suavidad que en su leyes había, acudían los vasallos a servir al Inca con tanta prontitud y contento, que hablando en el mismo propósito, dice un famoso historiador español estas palabras: "Pero la mayor riqueza de aquellos bárbaros Reyes era ser sus esclavos todos sus vasallos, de cuyo trabajo gozaban a su contento, y, lo que pone admiración, servíanse de ellos por tal orden y por tal gobierno que no se le hacía servidumbre, sino vida muy dichosa": hasta aquí es ajeno, y holgué ponerlo aquí, como pondré en sus lugares otras cosas de este muy venerable autor, que es el Padre Joseph de Acosta, de la Compañía de Jesús, de cuya autoridad y de los demás historiadores españoles me quiero valer en semejantes pasos contra los maldicientes, porque no digan que finjo fábulas en favor de la patria y de los parientes."  (Garcilaso)


Asombrosa era otra manera de tributo que daban los pobres:  de tantos a tantos días eran obligados a dar a los gobernadores de sus pueblos ciertos cañutos de piojos. "Dicen que los Incas pedían aquel tributo porque nadie (fuera de los libres de tributo) se ausentase de pagar pecho, por pobre que fuese, y que a éstos se lo pedían de piojos, porque, como pobres impedidos, no podían hacer servicio personal, que era el tributo que todos pagaban. Pero también decían que la principal intención de los Incas para pedir aquel tributo era celo amoroso de los pobres impedidos, por obligarles a que se despiojasen y limpiasen, porque, como gente desastrada, no pereciesen comidos de piojos. Por este celo que en toda cosa tenían los Reyes, les llamaban amadores de pobres. Los decuriones de a diez (que en su lugar dijimos) tenían cargo de hacer pagar este tributo."

Eran libres de los tributos: todos los de la sangre real y los sacerdotes, ministros de los templos, los curacas que eran los señores de vasallos, y todos los maeses de campo y capitanes de mayor nombre, hasta los centuriones, aunque no fuesen de la sangre real, y todos los gobernadores, jueces y ministros regios mientras les duraban los oficios que administraban.También todos los soldados mientras estaban ocupados en la guerra, y los mozos antes de los veinticinco años, porque hasta entonces ayudaban a sus padres y no podían casarse, y después de casados, por el primer año eran libres de cualquier tributo. De mismo modo eran libres los viejos de cincuenta años, las mujeres, así doncellas como viudas y casadas  - cuando ellas trabajaban era por su voluntad, por ayudar a sus padres, maridos o parientes, para que acabasen más rapido sus tareas, y no por obligación de tributo. Los enfermos eran libres hasta que cobrasen entera salud, y también los ciegos, cojos, mancos y lisiados. Por el contrario, los sordos y mudos no eran libres, porque podían trabajar. 

"El oro y plata y las piedras preciosas que los Reyes Incas tuvieron en tanta cantidad, como es notorio, no eran de tributo obligatorio, que fuesen los indios obligados a darlo, ni los Reyes lo pedían, porque no lo tuvieron por cosa necesaria para la guerra ni para la paz, y todo esto no estimaron por hacienda ni tesoro, porque, como se sabe, no vendían ni compraban cosa alguna por plata ni por oro, ni con ello pagaban la gente de guerra ni lo gastaban en socorro de alguna necesidad que se les ofreciese, y por tanto lo tenían por cosa superflua, porque ni era de comer ni para comprar de comer. Solamente lo estimaban por su hermosura y resplandor, para ornato y servicio de las casas reales y templos del Sol y casas de las vírgenes, como en sus lugares hemos visto y veremos adelante. Alcanzaron los Incas el azogue, mas no usaron de él, porque no le hallaron de ningún provecho; antes, sintiéndolo dañoso, prohibieron el sacarlo; y adelante, en su lugar, daremos más larga cuenta de él."(Garcilaso)

El oro y la plata que daban al Inca era presentado, no de tributo o ley, porque aquellas personas no fueron jamás visitar al superior sin llevar algún presente, si no tenían otra cosa, llevaban una cestita de fruta verde o seca. Cuando los curacas, señores de vasallos, visitasen al Inca en las fiestas principales del año, particularmente en la principal, hecha al Sol llamada Raymi, o en los triunfos que se celebraban por sus grandes victorias, en el trasquilar y poner nombre al príncipe heredero,o y en otras muchas ocasiones que habían, cuando hablaban al Inca en sus negocios particulares, en los de sus tierras o cuando el Inca visitaba el reino, en todas estas visitas jamás le besaban las manos sin llevarle todo el oro, plata y piedras preciosas que sus vasallos sacaban cuando estaban ociosos. Así, como veían que los empleaban en adornar las casas reales y los templos, cosa que ellos tanto estimaban, gastaban el tiempo que les sobraba buscando oro, plata y piedras preciosas, para tener qué presentar al Inca y al Sol, que eran sus dioses.

Además de estas riquezas, presentaban los curacas al Inca madera preciada, para los edificios de sus casas y también los hombres que en cualquiera oficio salían excelentes oficiales, como plateros, pintores, canteros, carpinteros y albañiles, de todos estos oficios tenían los Incas grandes maestros, los mejores se los presentaban los curacas al Inca.
Demás de los grandes oficiales, presentaban al Inca animales salvages como los pumas y otros felinos, osos; y otros no fieros, micos y monos, papagayos y guacamayas, y otras aves mayores como el cóndor. También culebras, grandes y chicas, de las que hay en los Antis (selva): "las mayores, que llaman amaru, son de veinticinco y de a treinta pies y más de largo. Llevábanle grandes sapos y escuerzos y lagartos que llaman caimanes, que también los hay de a veinticinco y de a treinta pies de largo. En suma, no hallaban cosa notable en ferocidad o en grandeza o en lindeza que no se la llevasen a presentar juntamente con el oro y la plata, para decirle que era señor de todas aquellas cosas y de los que se las llevaban y para mostrarle el amor con que le servían."
 
"De los barrios donde tenían estos animales, había alguna memoria cuando yo salí del Cozco: llamaban Amarucancha (que quiere decir barrio de amarus que son las culebras muy grandes) al barrio donde ahora es la casa de los Padres de la Compañía de Jesús; asimismo llamaban Pumacurcu y Pumapchupan a los barrios donde tenían los leones, tigres y osos, dándoles el nombre del león, que llaman puma. El uno de ellos está a las faldas del cerro de la fortaleza; el otro barrio está a las espaldas del monasterio de Santo Domingo." (Garcilaso)
 
Según el Padre Blas Valera, los fueros y leyes que había en favor de los tributarios, que inviolablemente se guardaban eran diez:
 
1) La primera y principal era que a cualquiera que fuese libre de tributo, en ningún tiempo ni por causa alguna le obligasen a pagarlo: todos los de la sangre real, todos los capitanes generales, los capitanes menores, los centuriones, sus hijos y nietos, todos los curacas y su parentela, los ministros regios en oficios menores (si eran de la gente común) no pagaban tributo durante el oficio, los soldados ocupados en las guerras y conquistas, los mozos hasta los veinticinco años, los viejos de cincuenta años arriba eran libres de tributo, todas las mujeres, doncellas, solteras, viudas y casadas, los enfermos hasta que cobraban entera salud, los inútiles, como ciegos, cojos y mancos y otros impedidos de sus miembros, aunque los mudos y sordos se ocupaban en las cosas donde no había necesidad de oír ni hablar.
 
2) La segunda ley era que todos las demás personas (plebeyos) eran obligados a pagar tributo.


3) La tercera ley era que por ninguna causa ni razón persona alguna era obligada a pagar de su hacienda cosa alguna en lugar de tributo, sino que solamente lo pagaba con su trabajo o servicio del Inca o de sus dominios - en esta parte eran iguales el pobre y el rico, porque ni éste pagaba más ni aquél menos. Llamábase rico el que tenía hijos y familia que le ayudaban a trabajar para acabar más rapido el trabajo tributario que le cabía ( el que no la tenía, aunque fuese rico de otras cosas, era pobre).

4) La cuarta ley era que a ninguno podían compeler a que trabajase ni se ocupase en otro oficio sino en el suyo, si no era en el labrar de las tierras y en la milicia, que en estas dos cosas eran todos comunes.

5) La quinta ley era que cada uno pagaba su tributo en aquello que en su provincia podía haber sin salir a la ajena a buscar las cosas que en su tierra no había, porque le parecía al Inca muy mal pedir al vasallo el fruto que su tierra no daba.

6) La sexta ley mandaba que a cada uno de los maestros y oficiales que trabajaban en servicio del Inca o de sus curacas se les proveyese de todo lo que habían necesidad para trabajar en sus oficios y artes: que al platero le diesen oro, plata o cobre en que trabajase, al tejedor lana o algodón, al pintor colores, y todas las demás cosas en cada oficio necesarias. Todo para que el maestro no pusiese más de su trabajo y el tiempo que estaba obligado a trabajar que eran dos o tres meses, los cuales cumplidos, no era obligado a trabajar más. Si la obra no estaba acabada, y él, por su gusto y voluntad, quería trabajar más y acabarlo, se lo recibían en descuento del tributo del año venidero (lo ponían por memoria en sus nudos).

7) La séptima ley mandaba que a todos los maestros y oficiales, de cualquiera oficio y arte que trabajaban, en lugar de tributo se les proveyese todo lo necesario de comida, vestido, regalos, medicinas, si enfermasen, para él solo, si trabajaba solo, para sus hijos y mujeres, si los llevaba para que le ayudasen a acabar más rapido su tarea. En los repartimientos de las obras por tarea, no tenían cuenta con el tiempo, sino que se acabase la obra. Si con el ayuda de los suyos acababa en una semana lo que había de trabajar en dos meses, cumplía con la obligación de aquel año, no podían exigir otro tributo alguno.
"Esta razón bastará para responder y contradecir a los que dicen que antiguamente pagaban tributo los hijos y las hijas y las madres, cualesquiera que fuesen; lo cual es falso, porque todos éstos trabajaban, no por obligación de tributo que se les impusiese, sino por ayudar a sus padres y maridos o a sus amos, porque si el varón no quería ocupar a los suyos en su obra y trabajo, sino trabajarlo él sólo, quedaban libres sus hijos y mujer para ocuparse en las cosas de su casa, y no podían los jueces y decuriones forzarlos a cosa alguna más de que no estuviesen ociosos en sus haciendas. Por esta causa, en tiempo de los Incas eran estimados y tenidos por hombres ricos los que tenían muchos hijos y familia; porque los que no los tenían, muchos de ellos enfermaban por el largo tiempo que se ocupaban en el trabajo hasta cumplir con su tributo. Para remedio de esto también había ley que los ricos de familia, y los demás que hubiesen acabado sus partes, les ayudasen un día o dos, lo cual era muy agradable a todos los indios."

8) La octava ley era acerca del cobrar los tributos para que en todo hubiese cuenta, orden y razón. Al tiempo señalado se juntaban en el pueblo principal de cada provincia los jueces cobradores, los contadores o escribanos que tenían los nudos y cuentas de los tributos. Delante del curaca y del gobernador Inca hacían las cuentas y particiones por los nudos de sus hilos y piedrecitas, conforme al número de los habitantes de la tal provincia, y las sacaban y hacían sus cuentas y particiones.

"Por los nudos se veía lo que cada indio había trabajado, los oficios que había hecho, los caminos que había andado por mandado de sus príncipes y superiores, y cualquiera otra ocupación en que le habían ocupado, todo lo cual se le descontaba del tributo que le pertenecía dar. Luego mostraban a los jueces cobradores y al gobernador cada cosa de por sí, de las que había encerradas en los pósitos reales, que eran los bastimentos, el pimiento, los vestidos, el calzado, las armas y todas las demás cosas que los indios daban de tributo, hasta la plata y el oro y las piedras preciosas y el cobre que había del Rey y del Sol, cada parte dividida por sí. También daban cuenta de lo que había en los pósitos de cada pueblo. De todas las cuales cosas mandaba la ley que el Inca gobernador de la provincia tuviese un traslado de las cuentas en su poder, para que ni de parte de los indios tributarios ni de parte de los ministros cobradores hubiese falsedad alguna."
 
9) La novena ley era que todo lo que de estos tributos sobraba del gasto real se aplicaba al bien común y se ponía en los depósitos comunes para los tiempos de necesidad. De las cosas preciosas, como oro, plata y piedras finas, plumería de diversas aves, los colores para las pinturas y tinturas, el cobre y otras cosas que cada año o a cada visita presentaban al Inca los curacas,
mandaba el Inca que tomasen para su casa y servicio, para los de la sangre real, lo que fuese necesidad, de lo que sobraba hacía gracia y merced a los capitanes y a los señores de vasallos que habían traído aquellas cosas que, aunque las tenían en sus tierras, no podían servirse de ellas si no era con privilegio y merced hecha por el Inca. "De todo lo dicho se concluye que los Reyes Incas tomaban para sí la menor parte de los tributos que les daban, y más se convertía en provecho de los mismos vasallos."

10) La décima ley era que declaraba las diversas ocupaciones en que las personas se habían de ocupar, así en servicio del Inca como en provecho de sus pueblos y nación, las cuales cosas se les imponía en lugar de tributo, que las habían de hacer en compañía y en común, y éstas eran: allanar los caminos y empedrarlos; aderezar y reparar o hacer de nuevo los templos del Sol y los demás santuarios, y hacer cualquiera otra cosa perteneciente a los templos. Eran obligados a hacer las casas públicas, como depósitos y casas para los jueces y gobernadores; aderezar las puentes, ser correos, los chasqui, labrar las tierras, encerrar los frutos, apacentar los ganados; guardar las heredades, los sembrados y cualesquiera otros bienes públicos, hacer casas de hospedería para albergar los caminantes, y asistir en ellas, para proveerlas de lo que hubiesen necesidad. Eran obligados a hacer cualquiera otra cosa que fuese en provecho común de ellos, de sus curacas o en servicio del Inca. Como había tanta multitud de personas, cabía a cada uno de ellos muy poca cosa que hacer, no sentían el trabajo de ellas y servían en común con gran rectitud de no cargar más a unos que a otros. También declaraba esta ley que una vez al año se aderezasen los caminos y sus pretiles (1), se renovasen las puentes, se limpiasen las acequias de las aguas para regar las tierras. Todo lo cual mandaba la ley que lo hiciesen, en provecho común de cada lugar, provincia y de todo el Imperio.
 
 
(1) pretiles , definición de pretiles , sentido del pretiles - s m Muro o barandilla construida en un puente o en un lugar alto para impedir que las personas puedan caerse y para permitir que se apoyen antepecho
pretil m Murete o vallado que se pone en los puentes y otros parajes para preservar de caídas
p ext Paseo a lo largo de un pretil ( Amér ) Atrio construido ante un templo o monumento Tesauro pretil sustantivo masculino antepecho, guardalado, barandilla .
 
BIBLIOGRAFIA
 
Garcilaso de la Vega, Comentarios Reales.
Agustin de Zárate, Historia del descubrimiento y conquista del Perú.
Pedro Cieza de Léon, Crónica del Peru.
Padre Joseph de Acosta, Historia Natural y Moral de las Indias.
Padre Blas Valera, Historia de los Incas.